Tasi y Camila

En 1999 vivía en Monterrey y trabajaba en una agencia de camiones. Desde finales del año anterior había estado yendo de lunes a viernes a Saltillo, porque habíamos comprado la agencia de ahí y había que echarla a andar. Parecerá cansado eso de ir y venir todos los días, pero en realidad me tardaba casi lo mismo ir de mi casa a la agencia de Saltillo que a la de Monterrey (excepto en invierno, que es cuando a veces cierran la carretera por neblina).

En fin, es esas épocas estaba a punto de casarme y estaba buscando casa en Saltillo. Bueno, en realidad quien se encargó de buscarla fue Laura (mi futura ex esposa). Después de haber llegado a un acuerdo en cuanto al presupuesto para renta, Laura encontró una excelente casa que nos encantó y que apenas duplicaba el presupuesto pactado; decidimos cerrar operación en ese momento.

Era julio, y faltaban dos meses para la boda. La dueña de la casa tenía una pareja de perros schnauzer, de pedigrí y campeonato (según ella) que acababan de tener una camada de varios cachorros. Nos regaló una perrita gris, muy simpática, a la que Laura decidió nombrar Anastasia. Le decíamos Tasi, y cabía en la palma de mi mano.

Recuerdo que a veces me la metía en la camisa, y abría un botón para que Tasi sacara la cabeza. A veces se quedaba dormida ahí adentro.

Como yo vivía con mis primos y en casa de Laura ya había una perra reina (Nina, una yorkshire), Tasi vivía conmigo. Al llegar de trabajar recogía a Tasi y me la llevaba a casa de Laura, y después me la llevaba a a mi casa a pasar la noche. Dormía conmigo.

Me casé y nos fuimos de luna de miel. Regresamos a Monterrey unos días, recogimos a Tasi y nos fuimos a vivir a Saltillo, a la casa donde nació. Tenía un gran jardín en el que jugábamos cuando regresaba del trabajo. En el jardín había un nogal, y fue en esa época cuando Tasi aprendió a pelar nueces y a comérselas.

Pasamos un mes en Saltillo antes que me mandaran hablar de Monterrey. Había que regresar y hacerse cargo del departamento de refacciones. Y nos vamos de regreso a Monterrey.

Encontramos un townhouse muy bonito, a la mitad de precio de lo que pagábamos en Saltillo. La cosa pintaba bien. Eran cuatro casitas, cada una en una esquina de la propiedad y con un pequeño jardín en medio. Tasi vivía adentro, con nosotros, y desde entonces consideró las alfombras como su baño.

Fue por estos tiempos cuando Tasi aprendió a pelar pistaches. Le dábamos uno, dejaba las cáscaras y se comía el contenido. También empezó a comer fruta, sobre todo manzana.

Había un mozo que se hacía cargo del jardín y ayudaba a las señoras de las cuatro casas con lo que se ofreciera. Que ir al Oxxo, que cambiar un cheque, que bañar a Tasi o sacarla a pasear. Un día uno de los vecinos me preguntó cómo se llamaba la perrita que teníamos. Resulta que por alguna extraña razón el mozo le decía Taxi a Tasi, y al vecino se le hacía un nombre extraño para un perro.

Al año nos cambiamos a un departamento con una vista preciosa. Estaba en el último piso de un edificio, que por estar en un cerro tenía cuatro pisos abajo y cuatro arriba del nivel de la calle. No había elevador, y las primeras semanas subir era un martirio, pero con el tiempo me acostumbré.

Tasi seguía considerando los tapetes y alfombras como su baño, aunque ahora con mayor razón. ¿Quién iba a bajar cuatro pisos para que hiciera sus necesidades, y luego volver a subir? Mejor que haga en el tapete, total que existen productos de limpieza maravillosos y no se notan los olores ni las manchas.

En ese departamento duramos unos pocos meses. Era temporada de lluvias, pero por suerte acababan de impermeabilizar el techo. Un día llovió como pocas veces he visto llover, y al llegar a casa no podíamos creer lo que veíamos: chorros de agua cayendo de los focos, brotando de las paredes y haciendo charcos bastante profundos en el piso. Resulta que los “expertos” habían impermeabilizado la entrada de los desagües, por lo que toda esa agua buscó el camino de menor resistencia y lo encontró metiéndose a unos tubos que llevaban cables del techo al interior.

Total que nos fuimos a otra casita, esta sí con un pequeñísimo jardín trasero. Se acercaba el cumpleaños de Laura, y unos amigos le regalaron una cachorrita beagle. Hermosa y muy simpática, por cierto. Le pusimos Camila.

A Tasi no le hizo nada de gracia que llegara esa usurpadora. La ignoró totalmente, no la voltaba ni a ver. Camila, juguetona, le mordía las orejas y Tasi se subía a un sillón o a la cama. Camila, pequeñita, no podía seguirla.

Como ya era mucho tener dos perros en la cama con nosotros, Camila dormía en el piso. Tasi podía subirse sola a la cama y aunque la bajábamos, en cuanto cerrábamos el ojo Tasi se subía tratando de mover la cama lo menos posible. A veces no lo lograba, pero siempre amanecía en la cama con nosotros.

Como a Camila no la subíamos, tomó las cosas en sus patas: aprendió a recargarse contra el buró y a escalar la cama poco a poco hasta llegar con nosotros. Después de tanto esfuerzo y dedicación hubiera sido una jalada volverla a bajar (porque además las veces que la bajamos volvía a subir, y con el tiempo lo hacía casi sin esfuerzo).

Camila también aprendió a comer pistaches, pero nunca aprendió a pelarlos. De hecho se comía también las cáscaras que Tasi dejaba. Siempre me llamó la atención que en todo Tasi era la dominante, excepto cuando se trataba de comer. Camila se posesionaba de un plato y pobre de Tasi si se le ocurría acercarse.

Ahora ambas dormían en la cama, y si me levantaba al baño ni se inmutaban. Pero si bajaba a la cocina, ambas salían corriendo: siempre les daba un pedacito de lo que me preparaba. A las dos les encantaba dormir bajo las sábanas en invierno, pero en verano solamente Camila se metía dentro. Al poco rato le daba calor y salía, luego le daba frío y se volvía a meter. Con el tiempo me acostumbré, y dejé de despertarme cada vez que Camila entraba o salía de entre las sábanas.

Echadas en la cama

Echadas en la cama

Habían pasado dos años desde que nos casamos, y las cosas ya no pintaban tan bien. Mi sueldo fijo era poco, pero las comisiones muchas. Desgraciadamente por esa época se vivió una minicrisis en el sector transporte, y las ventas bajaron; mis comisiones también lo hicieron.

Eso, aunado a muchas otras razones (algunas válidas y otras imaginarias) hicieron que la situación marital empeorara. Después de dos años y medio de matrimonio un día llegué a mi casa y solamente me recibieron Tasi y Camila. Le hablé a Laura para ver dónde estaba, y me dijo que se había ido a casa de su mamá. “¿Y a qué hora vuelves?”, le pregunté. “No, me vine para no volver”.

Dos meses después de la separación Laura decidió pedirme el divorcio. Al no haber hijos, fue algo muy sencillo. Yo nada más tenía que ir a firmar un acta a una oficina del registro civil.

Aunque la cuestión legal fue sencilla, la emocional no lo fue (al menos para mí). Decidí regresar a Torreón, cerca de mi familia y amigos, y sos meses después del divorcio ya estaba instalado en Torreón.

Tasi y Camila se quedaron conmigo. De hecho, Laura solamente se llevó su ropa, uno que otro mueble y unos cuadros. No se llevó ni una sola foto (y después de seis años yo todavía no sé qué hacer con ellas).

Desde ese momento Tasi y Camila se volvieron mis compañeras. Vivían adentro de mi departamento, y cuando regresaba siempre se alegraban de verme. Un año después nuevamente agarré mis chivas y me mudé, esta vez porque el dueño decidió no renovar el contrato porque otro vecino se quejó que hacía muchas fiestas los fines de semana.

Tasi

Me mudé a una casita frente al Lienzo Charro en Torreón Jardín, y todas las tardes salíamos Tasi, Camila y yo a caminar. Tasi siempre tuvo una obsesión con las pelotas, tal vez por ser schnauzer. Nunca pude ver un partido de futbol, basketbol e incluso beisbol sin que Tasi se sentara frente a la tele a ladrar como loca para que le pasaran el balón a ella. Al caminar en el parque, si había gente jugando con una pelota Tasi se ponía a ladrar como loca y a jalar la correa para alcanzar el balón. Camila no tenía esa obsesión; ella era contenta olisqueando cuanta cosa se le ponía enfrente. Su única obsesión era (y sigue siendo) la comida.

Por esas épocas conocí a Violeta, que también tenía una obsesión: la limpieza. Para llevar la fiesta en paz, Tasi y Camila se fueron a dormir al patio de la casa, que no tenía jardín pero que estaba totalmente cubierto con vitropiso. Una vez a la semana había que barrer todas las cacas y echar detergente y agua y darle una buena friega al piso.

Jugaba menos con ellas, pero al menos la casa estaba limpia y no había bronca con Violeta. Pero la dueña de la casa sí tenía problemas, y antes que se cumpliera el primer año del contrato de arrendamiento se había divorciado de su esposo y quería volver a su casa.

Otra vez a buscar casa. Ahora encontré un townhouse cerca del Tec de Monterrey (en el que aún vivo) con un jardín minúsculo en la parte de atrás. Tasi y Camila vivirían ahí, en el pequeño patio techado con piso de cemento, y además les compré una casita para el invierno.

Al poco tiempo de mudarme acabó la relación con Violeta. Casi inmediatemente Tasi y Camila se mudaron adentro de mi casa. El tiempo pasó, y siempre que me iba las dos bajaban a despedirse. Al subirme al carro siempre las veía asomadas a la ventana, subidas en un sillón, y al regresar siempre estaban asomadas y encantadas de verme. Como siempre, si me levantaba en la noche al baño, ni caso hacían. Pero al ponerme las pantuflas sabían que iba a bajar, y rápidamente se depertaban y me perseguían para ver qué les tocaba.

Tasi y Camila

Tasi y Camila

Cuando tenía visitas las encerraba en un cuarto que no ocupo, y al irse las sacaba. Nunca aprendieron a aguantarse las ganas, y siempre he tenido que limpiar cacas y meadas de las niñas, que es como siempre las llamé y las consideré.

Hace un mes tuve visitas en mi casa, pero no las encerré. La fiesta degeneró en borrachera, y como a las 10 de la mañana decidí irme a dormir. Cuando desperté las visitas se habían ido, pero Tasi y Camila no estaban. Salí inmediatamente de mi casa, y Camila estaba echada en la puerta principal, asustadísima. Tasi no estaba por ningún lado.

Metí a Camila a la casa y salí en el coche a buscar a Tasi. Estuve varias horas dando vueltas cerca de mi casa, pero no la encontré. Esto fue un sábado.

El lunes fui al periódico a poner un anuncio ofreciendo una recompensa por Tasi. Ese mismo día Rodolfo me habló para decirme que en el noticiero local decían que se habían encontrado una perrita schnauzer gris; hablé, pero ya era tarde y la persona no estaba.

Al día siguiente muy temprano hablé de nuevo. Me dijeron dónde podía encontrar a la perrita. Subí a Camila al coche y fuimos por su hermana. No era.

El miércoles me hablaron para decirme que tenían a la perrita, y que cuánto era la recompensa. El tipejo que me habló me dijo que era policía, pero que vivía muy lejos (por El Vergel) y que dejara el dinero a un “negocio” que tenía con un cuñado en Gómez, pero que en ese negocio vendían “cosas malas”. Le dije que no había problema, que yo iría hasta El Vergel a entregarle el dinero. Cuando llegué traté de comunicarme y ya no me contestó.

EL jueves habló otra persona, esta de Monclova. Que era un doctor que había comprado a la perrita en mil pesos, y que un compadre le había dicho que había salido el anuncio en el periódico, pero que el ya estaba en Monclova y que al día siguiente se iría a Veracruz por un mes porque su hija (otra doctora) había tenido a su primer hijo. Quedó de mandarme una foto de Tasi, y una hora después, al no recibir nada, volví a llamarle. Me dijo que no, que no era Tasi porque la perra que tenía él tenía una mancha amarilla en el pecho.

Tanto Camila como yo estuvimos muy tristes. Con el paso del tiempo ya no pienso a cada momento qué estará haciendo Tasi, si está bien y si no tiene hambre o frío. No he vuelto a saber nada de ella. Espero que quien la haya encontrado la trate como una reina, porque esa perrita, junto con Camila, me ayudaron en los momentos más difíciles hasta ahora de mi vida. No pierdo la esperanza de un día volver a encontrarla y vovler a estar los tres juntos.

Te extraño y te amo, Tasi.

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Una respuesta to “Tasi y Camila”

  1. OYES INTERESANTE TU HISTORIA ENTRE BUSCANDO UNA RECETA, QUE TAMBIÉN ESTÁ MUY BUENA, Y ME ENCOTRÉ CON ESTO, AL IGUAL QUE TÚ AMO LOS PERROS, Y TENGO UNA QUE AUNQUE FEITA, NO LA PODRIA ABANDONAR…

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